Educere o la importancia de saber estar
Tenía tiempos de querer escribir sobre el tema, pero no me decidía. Lo hago ahora, justo cuando de acuerdo, a la prensa escrita británica, aparece la noticia de una suegra “endiablada” (aunque para algunos todas lo son), que le quiere dar cátedra a su futura nuera sobre educación. Llama la atención el “boom” que ha habido, sobre todo porque ahora, los modales no están muy de moda. Me parece que es por un error de apreciación: confunden naturalidad con la espontaneidad y le quieren llamar naturalidad a la ordinariez, espontaneidad a la chabacanería.
Más que actos de naturalidad y espontaneidad se trata de actos de barbarie. Esta última palabra es la que da la pauta para determinar que la mala educación es más bien una barbaridad (un acto de barbarie) y no un acto espontáneo, porque una persona que no está educada, por deducción (palabra por cierto relacionada con la raíz latina de educación) es una persona bárbara, lo contrapuesto a educada o civilizada. La educación es lo que define lo que debe hacerse, de lo que no debe hacerse, porque me permito recordar, como bien lo han dicho colegas míos en otros lados, que no todo lo que se “puede hacer”, se “debe hacer”.
Educación viene de “educere” palabra latina que significa: sacar algo de otra cosa. Con la educación se procura por tanto sacar fuera de uno lo mejor de sí, aquello por lo cual nos distinguimos de las bestias y de los bárbaros. Por supuesto que la educación es más difícil que la horteres, puesto que lo espontáneo es lo que nos sale así, sin esfuerzo, mientras que la educación es algo cultivado, aprendido y asimilado poco a poco: desde el hogar de familia, pasando por la escuela y si se quiere (siempre es posible) con la autoformación o las clases de refuerzo, en un proceso que dura toda la vida y que con la práctica llega a convertirse en algo que sale natural. Si no me cree haga un experimento:

La sandía sabe muchísimo mejor si la comemos con la mano... pero no todo lo que se puede hacer, se debe hacer
coma solo durante algunas semanas y luego díga en su casa que se fijen en su manera de comer para que le corrijan: le confirmarán que parece mozo del medioevo en plena campaña de guerra con lo aborasado que come y lo mal que maneja los cubiertos y el menaje. ¿Más pruebas? ¿A que usted en la intimidad de su cuarto hace cosas que en público no haría porque parece grotesco?: se vendría

Si no se comporta, el resto de la gente lo verá así =P
a parecer al de la foto que acá pongo.
Educación y elegancia van de la mano. Elegancia es saber elegir: dentro de todas las posibilidades que tengo de actuación, elegiré la que más se adecúa a lo que se espera de mí, al momento en concreto y a las situación. Pero elegancia es también -y esta definición me gusta más- fuerza contenida: una persona elegante es la que sabe guardar la compostura, la que no se sale de sus casillas, no obstante dejar bien a las claras que no está de acuerdo con esto o aquello, pero con educación, con elegancia… aunque parezca que redundemos.
La otra razón que me ha llevado a escribir sobre esto es el descubrimiento que he hecho de lo insoportable que me resulta una actitud que se ha puesto de moda y que me parece que se debe corregir: el de las personas que quieren ser el apio de todas las ensaladas, la sal de todas las comidas, aquellas que aún cuando no se les ha preguntado su opinión vienen y te la sueltan con una autoridad académica de miedo. No caigamos en ese defecto que lo único que consigue es poner en evidencia la falta de educación, pero sobre todo el complejo de superioridad que tenemos, en dos palabra: la soberbia.
¿Qué actitud tomar ante este tipo de personas? Depende, como casi todo en la vida. Si se trata de una persona que nos quiere bien, pero que se mete en todo, mal haríamos con no decirle y advertirle de ese defecto que tiene: con cariño, pero con firmeza. Si, por el contrario, se trata de un auténtico metido: 1) No pierda su compostura y no se rebaje a su nivel; 2) Que le resbale el comentario porque usted no lo pidió; 3) Déle el beneficio de la duda a esa persona y piense que si lo hace es porque le aprecia a usted y cree que puede ayudarle con el consejo, aún cuando usted sepa que esa persona no sabe todas las circunstancias que rodean su situación; 4) Deje a las claras lo agradecido que está por el comentario, pero haciendo ver que por el momento lo deja de lado porque no viene a cuento.
Quien piense que la educación y los buenos modales es para gente amanerada, quizá piense así por dos razones, a saber: 1) o es de veras un guarro de los pies a la cabeza, o bien; 2) porque ya piensa haber perdido la batalla de la educación: más le valdría no llegar lejos en la vida, que cuando se presente en sociedad le darán un poco de clases y no precisamente con educación: si doy ordinaries me tratarán como ordinario; si soy educado, me tratarán educadamente, se me respetará o al menos el patán de enfrente se lo pensará dos veces antes de demostrar sus dotes de impresentable.
No hay nada como una persona educada: el buenos días, las gracias, el por favor, el mirar a la cara cuando se habla, todo esto tiene un precio: la educación y la elegancia. Ojalá no caigamos en esa pésima costumbre de la mala educación. ¿Comentarios?
Hasta la próxima.