Alea jacta est!!!!

Pensando friamente

Hace tiempo que tenía la intención de hacer algo así, pero no me animaba, por varias razones. Me asaltaban varias preguntas ¿qué tendré yo que decirle a la gente si no es lo que ya les digo cuando hablan conmigo?, ¿qué dotes tengo para decidirme a escribir?, ¿soportaré alguna vez que me critiquen alguna de las opiniones que vierta en estos escritos o incluso que comenten la redacción, la ortografía, etc.? Y a pesar de todos los “riesgos” que corro… aquí estoy. Y por qué no… si lo más que puede pasar es que lo lean mis más allegados, que lo critiquen ellos o simplemente que sólo escriba por escribir porque a nadie le llama la atención lo que acá se escribe… del suelo no paso.

Con la certeza de que no sé que resultará y de si alguna vez alguien se interesará por leer el contenido de estas líneas, comienzo un proyecto largamente acariciado y pensado.

En la génesis de esta idea han influido dos escritores quienes animan a sus lectores a poner por escrito sus cosas: José Ramón Ayllon y Susana Tamaro, español el primero, italiana la segunda. Del varón es “Palabras en la Arena”, libro de corte juvenil, una novela en toda regla, sabrosa como ella sola. Con él tuve el gusto de cruzar un par de mails para pedirle más consejos para escribir… nada nuevo bajo el sol: leer “en paleta”, emborronar folios a mansalva e imitar a mis escritores favoritos (conste que me han quedado grabados sus consejos porque no tuve que buscar en mis archivos para acordarme de ellos…). Aunque en su libro da un consejo también, aunque no explícitamente, sino por la forma de escribirlo: a manera de carta a una persona imaginaria. De “la Tamaro” el consejo también viene en esa clave, pues el libro que leí, y que fue el resorte que me hizo saltar a esta aventura se llama “Querida Mathilda” una amiga suya africana a quién le va escribiendo cartas y desarrollando el libro que habla de lo más importante: la vida misma.

Espero cumplir lo que me propongo. Si a alguien sirven estas cosas que escribo, decirle: gracias. A quienes alguna vez se asomen a estas páginas, bienvenidos y también gracias.

Termino con una frase latina que me gusta mucho y con la que vislumbro me animaré a continuar con esta locura: Per aspera ad astra!

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Mi Cristo «rompido»

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Cuentan de un niño que siempre que veía un crucifijo le llamaba “Mi Cristo rompido“. Como era lógico, lo corregían y le decían: “No se dice rompido, se dice roto”. Pero él insistía que al amor y al Amor no le importan las reglas: “Ya lo ven -decía- ahí tienen al Papa hablando de Primerear… Pues yo también quiero “primerear” en este término: rompido.”

Se extendía en la explicación el niño diciendo que:

“Cada vez que veo un Crucifijo o asisto a Misa y logro escuchar cuando el sacerdote “rompe” la forma grande, justo antes de comulgar él, en el momento del Agnus Dei, ahí es donde me doy cuenta de que Cristo no está roto, está rompido, queda mejor decir que está rompido y no roto, porque roto suena a pasado, a algo que quedó así, en cambio rompido es algo que se está haciendo en el momento y siempre. Rompido es algo que aunque roto se sigue rompiendo, como Cristo en la Cruz, como Cristo en la Misa.”

Y después de esa explicación ya nadie lo contradijo a la hora de llamar a Cristo “Mi Cristo rompido

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El Diario de un manso cascarrabias

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Minions (TM)

“El Diario de un manso cascarrabias” se titula de es forma porque tiene, en los dos adjetivos escritos uno detrás de otro una contradicción ¡paradoja!. El manso es el de condición benigna y suave. El cascarrabias en cambio el que fácilmente demuestra enojo o enfado: en salvadoreño sería “mecha corta” o “encachimbado”.

El manso cascarrabias tiene: por un lado la conciencia de lo hipersensible que puede ser; por otro la lucha por no serlo, y luego esos intentos, que nunca son en vano, por dejar de ser tan irascible.

El manso cascarrabias es aquél que ya de chiquito lo comparaban con su abuelo, que tenía fama de “bravo”. Tanto que algún desaprensivo le llegaba a cambiar el nombre sustituyéndolo por el de su abuelo (suyo del manso cascarrabias, quiero decir). Años después, nuestro personaje -el quijote de la mansedumbre- se dio cuenta cuánta razón tenía aquel desaprensivo al señalar ese defecto y cómo demostraba ese desaprensivo que era algo cierto ese defecto y además real: porque era decirle el mote al manso cascarrabias y encachimbarse de inmediato. Ahora se ríe de esas cosas el manso cascarrabias, pero para entonces no le causaba ninguna gracia. 

¡Allí ve...!

Imagen cortesía de GUAZA Studios. Todos los derechos reservados GUAZA Studios. Imagen utilizada con fines didácticos y no comerciales

La marcada hipersensibilidad se le muestra al manso cascarrabias en cosas tan nimias como molestarse porque en lugar de llamarlo por su nombre alguno le llama con un “psst, psst” o un “shht, shht”, a pesar de saber que vive en el país donde casi se tiene patentado esa forma de llamar a la gente y donde para señalar algo no se señala con la mano o con el dedo índice (que de ahí viene su nombre, porque indica) como en cualquier país del mundo, sino que se usa la boca, la trompa dirían en mi pueblo.

Así va el manso cascarrabias procurando cada día ganar esa batalla por ser manso, que no menso y dejar de ser cascarrabias.

A ver quien se identifica con ese personaje… Sonreí: es gratis y no cuesta nada. Además: nadie es tan pobre que no pueda regalar una sonrisa ni tan rico que no la necesite ;) 

Minions riendo a carcajadas

Minions (Marca registrada)

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La cultura del desecho

Conocida con otros nombres más comunes como “Consumismo” esta cultura nos impregna y se nos mete a todos, en todos los lugares. Se trata de que todo lo que tenemos debe cambiar lo más pronto posible. No podemos contener la necesidad de tener todo de la última generación, no importa que lo que tenemos siga sirviendo, hay que cambiarlo.

Nos conformamos con que las cosas dejen de servir sin rechistar y vamos a cambiarlo “que ya dio su vida útil”, decimos,  o incluso sin haberla agotado del todo. Poco a poco la calidad además va bajando. El ejemplo que yo tengo es el de un aparato que por estas latitudes es casi que un artículo de primera necesidad: el ventilador. Los más jóvenes que esto lean podrán extrañarse  por esto, porque efectivamente lo más normal es que el ventilador que compraron (seguramente lo habrá comprado el progenitor) lo hayan tenido que cambiar no sé cuántas veces ya. Yo en cambio, a pesar de ser joven (😀 ) todavía recuerdo haber tenido ventiladores que duraban un montón de tiempo… hoy en cambio… Tan cierto es que este ventilador que ustedes ven acá lo usó mi hermano mayor y cuando se fue lo dejó en casa, pasó a mí que lo usé el tiempo que estuve en casa de mis papás y ahora de rebote lo tiene mi hermana en su casa… Es verdad: está “trancaceado” pero ha aguantado a los cuatro hermanos y ahora abanica campante a mis sobrinas… No es una obra de arte pero funciona:

Da todo lo que puede desde el inicio al final

Da todo lo que puede desde el inicio al final

Usar y tirar, esa es la consigna que hay que seguir, si no quieres estar “out”.

El problema se da en dos sentidos: cuando este afán de cambio de las cosas materiales se vuelve obsesivo y de medios, esos objetos se vuelven en fin. Pero más grave aún cuando ese mismo afán desordenado se traslada a las relaciones interpersonales, cuando también en ellas se quiere “usar y tirar”. Y es que las relaciones interpersonales son esencialmente permanentes… o al menos así deberían ser. Cuando uno comienza una relación de amistado o amorosa no está pensando en el momento en que se terminará porque de entrada se espera que dure para siempre ¿o acaso uno busca amigos/novio/novia/esposo/esposa para “usar y tirar”? Si es así algo mal hay en el individuo que por lo menos consideraremos un misántropo y por tanto alguien enfermo en su afectividad, podríamos decir que será el “recha” de siempre.

Lo normal por tanto es la permanencia. Habrá que examinar y rectificar si hemos caído en ese tremendo error de llevar al extremos la cultura de usar y tirar, no sólo en relación con los objetos, si no -que es peor- con las personas.

Estamos en tiempo de Navidad una época que en muchas ocasiones, lastimosamente, potencia esta cultura, pero que nos puede servir precisamente para ir contracorriente. Además es fin de año, tiempo para rectificar el rumbo -si lo llevamos equivocado- y comenzar el año nuevo con nuevos bríos.

¿Lo intentamos al menos?

Feliz Navidad y un Año 2014 que tenga el empeño de dar lo mejor de nosotros.

Libertad

Valor de lo más preciado en estos tiempos. No es para menos: quizá porque en nombre de ella se han realizado empresas sorprendentes: desde aquel “Veritas liberabit vos” hasta la “Libertè” de los franceses.

Libertad. Palabra que con todo y lo mucho que se valora se ha malinterpretado confundiéndole con el libertinaje. Y es que la libertad no es “hacer todo lo que me dé la gana”, yo la entiendo mejor cuando se habla de “hacer las cosas porque me da la gana”. En la primera visión no se tiene en cuenta el derecho que el otro tiene a esa misma libertad: con todo y que no estoy de acuerdo en muchos planteamientos de Juárez sí lo estoy en aquello de “el respeto al derecho ajeno es la paz”. En la segunda el tema de la libertad algo más personal, más íntimo. La verdadera libertad es más interna que externa. La libertad es más plena cuanto más íntima es, tiende a ser más absoluta que si se mira en referencia a lo exterior. Cuando la libertad se entiende como algo exterior se corre el riesgo de caer en el dogmatismo por cuanto no me importa el otro, me importa mi idea de libertad: mi dogma es lo que yo digo, lo que yo hago, lo demás no me importa.

Que la libertad, sobre todo la exterior no es absoluta es algo que podemos ver día a día como en las señales de tránsito:

Señales...

Señales…

Manejar de noche te lo pone aún más a prueba: sin la referencia que te dan las señales de tránsito más difícil se te convierte la ruta: las líneas que delimitan la carretera, los ojos de gato, el aviso de la curva peligrosa para que no te vayas recto y te des en el traste…

Si querés llegar a buen destino las tenés que seguir, si no las seguís usaste mal de tu libertad: hiciste lo que te dio la gana, pero lo hiciste mal y si lo hiciste mal ¿de qué te sirve? En realidad lo que pasó es que te volviste esclavo, esclavo de tu capricho, pero en realidad no fuiste libre. De ahí que lo mejor es ser libre de verdad a tener una apariencia de libertad que en realidad no lo es.

La vida está llena de compromisos, de responsabilidades: son como las señales que te van diciendo lo que tenés que hacer: hacerlas porque te da la gana, sabiendo que tenés que responder de ellas, es lo que más libre te hace, por que las haces porque querés, por convicción… aunque cuesten. ¿O no?

Fruto sabrosísimo…

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Una familia de 11 hermanos. Argentinos. Viven en “el campo”, siendo en esta sociedad Argentina, a mi juicio, la actividad principal de todas, con mucha tradición.

El papá, queriendo que sus hijos aprendieran las labores del campo (tanto las niñas como los niños), pero más que aprendieran de la vida, cuando llegaba la época de siembra, les daba una semilla a cada uno, una semilla de melón y hacía preparar por los peones una pequeñísima parte del inmenso campo en ésta tierra a la que he dado por llamar “de la Pampa infinita”. No pasaba de los 10 metros cuadrados el lugar, en el que se hacían los surcos para que los niños pudieran sembrar “su” melón.

Salían todos juntos, con el papá encabezando la expedición. Cada uno, en orden de edades, del mayor al menor, depositaban “su” semilla en el surco. Hacían un agujerito con sus deditos y dejaban “su” semilla en él. Luego la regaban y eventualmente, hasta la abonaban.

Como podrá deducir el lector, la gama de edades era diversísima, desde algunos que ya rozaban la adolescencia, hasta los más chiquitos que iban en brazos de papá y mamá. De ahí que los mayores tenían ventaja sobre los menores en cuanto al éxito de la siembra. La práctica se comenzó cuando ellos eran 5 hermanos y siempre, indefectiblemente, a partir de  cuando llegó el 6° hermano, pasaba lo mismo al día siguiente…

Al día siguiente, los niños, después del desayuno iban corriendo a ver la siembra, a cuidar de su sembrado para regarlo y ver posibles plagas. Como por ensalmo ¡Siempre en el lugar en el que el menor de los hermanos había sembrado “su” melón aparecía un melón impresionante, ya maduro y a punto para ser comido! El asombro de todos era mayúsculo, empezando por los mayores “¡Pero cómo lo hace el petiso éste!” decían… Y claro era el papá el que iba antes del alba a colocar el melón para enseñarle a los mayores, quienes por ello comprendían más, que la paciencia es importante y que no siempre el que “menos posibilidades tiene” sólo por ese hecho puede no obtener mejores resultados que los demás, si pone un poco de esfuerzo. La lección para los mayores era que para ellos, que podían más, el mejor fruto no era “el melón” sino la paciencia con que llevarían a punto la cosecha del mismo, pero a su tiempo.

La anécdota es real, se la oí a un amigo que ahora es sacerdote. Él es el 5° de los hermanos y en su momento, también le toco aprender la lección del “fruto sabrosísimo”.

Ahora que comienza el año, me parece que puede ser un buen momento para procurar proponernos cultivar la paciencia para que con ella, cuando corresponda, cosechemos sus frutos: ése el es fruto sabrosísimo, la paciencia, valor y virtud tan devaluada ahora que todo lo queremos para ya, para ayer… sin conocer lo mucho que podemos obtener con esa virtud.

Desearles a quienes lean estas líneas un feliz 2013, lleno de muchos frutos, de frutos sabrosísimos…

Los números de 2012 en este Blog… a pesar de lo descuidado que lo he tenido.

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 4.400 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 7 años en obtener esas visitas.

Haz click para ver el reporte completo.

El tiempo está pasando…

“El tiempo perdido, hasta lo santos lo lloran”, “Dale lo suyo al tiempo, pero sin perder el tiempo.”, “El tiempo es oro, y el que lo pierde es un bobo.”, “Despacio que tengo prisa”. Refranes populares acerca del tiempo.

La pregunta de siempre, esa que formuló tan magistralmente San Agustín:

“¿Qué es, pues el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me lo pide, no lo sé.”

La gran pregunta de hoy, ahora, es ¿Lo estoy aprovechando yo como debe ser? Para resolverlo me parece que hay dos claves, para con la respuesta luego ponerse a trabajar:  “La ociosidad camina con lentitud…. por eso todos los vicios la alcanzan” y la otra, que es la que más me gusta es esta:

“(…) Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.

(San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino 815.)

Hace poco fui a meterme a una exposición fotográfica. Dentro de la exposición había una parte que se titulaba “El tiempo está pasando”, el autor es Fifi Tong, de Brasil. Lo que más me llamó la atención es que al final del salón donde está la exposición en la pared de fondo hay un espejo, enorme, que forma parte de la exposición misma, no es un simple objeto decorativo, que además, si lo fuera, quedaría fuera de lugar. Sirve para que uno se vea reflejado y repita esa afirmación: “El tiempo está pasando”. No tiene por qué haber acentos trágicos en él, lo que importa, eso sí es preguntarse “¿Y yo aprovecho el tiempo?” Seguro que si la respuesta es afirmativa, es porque estaremos felices.

Y el tiempo está pasando…